Ziggy Stardust, el disco icónico de Bowie y del rock setentero

Ziggy Stardust (1972). David Bowie

Bowie reunió en este álbum glam rock de los setenta —con androginia y provocación—, riffs muy pegadizos, anticipos de una energía proto-punk —con canciones simples, repetitivas y directas— y pop británico, con melodías que se quedan en bucle en la mente. Su genio no fue tanto innovar desde cero cómo fusionar estilos con un aire rebelde y joven que después influiría en grupos, estilos y cantantes posteriores. Además, las melodías son memorables y los riffs guitarreros, donde los hay, son la base y el músculo de las canciones, en donde también se escuchan saxofones y piano.

Y es que se trata de un disco con claras inspiraciones en el cabaret y en el teatro musical: con drama y exageración y una performance de la que Bowie años después acabaría renegando, casi como si cumpliera la propia profecía de Ziggy, el protagonista. El álbum narra una historia, de forma no lineal, en la que sugiere el mito de una estrella de rock alienígena, Ziggy, que reflexiona sobre la juventud, la fama, la música y la identidad pop como salvación, pero también como autodestrucción. La identidad como máscara y la artificialidad del rock son explicadas en forma de tragedia marciana. Porque con Bowie la música ya no era solo música: era narrativa, búsqueda de la propia identidad, una forma de reflexionar sobre los grandes temas de la vida y un espacio creativo sin límites que incluía la ciencia ficción y el apocalipsis.

Con todo, su impacto cultural en su lanzamiento no se debió tanto a que musicalmente sea una propuesta revolucionaria. De hecho, a veces el personaje y la narrativa, aunque fragmentarias, pesan más que la música y eso se nota en algunas canciones que funcionan peor oídas de forma aislada. Además, el arco narrativo sobre Ziggy se presenta como completo, pero es irregular y puede perder intensidad dependiendo del corte. 

Musicalmente son relevantes la canción de su inicio con “Five Years”, como un crescendo apocalíptico, y la de su final catártico con “Rock ’n’ Roll Suicide”: dramáticas, teatrales y energéticas. Entre medias aparecen temas tan potentes y mesiánicos como la balada cósmica de “Moonage Daydream”; el pop luminoso de “Starman”; el riff glam de “Ziggy Stardust”; o el rock urgente de “Suffragette City”, mientras que el resto de singles, por comparación, puede resultar menos redondos.

Con todas las objeciones que se quiera, el álbum convirtió el rock en una obra total: creando un hilo conductor y un personaje para hablar de los temas sobre los que quería reflexionar el cantante. A la narrativa le incorporó moda, una imagen extravagante y una actitud provocativa y sexual, nada habitual en la época. La imagen de Bowie en “Top of the Pops” ese mismo año, con el cabello naranja, vestuario imposible, energía alienígena y mesiánica, y desafiando los roles de género desde la sensualidad, tuvo un amplio impacto 

Boqie convirtió la música en un artefacto pop para llamar la atención y plantear la reflexión sobre algunos temas es la clave. Y este álbum és clave para entender la explosión del cantante, un disco que supuso un punto de inflexión en su carrera y en la historia del rock.

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