Lo que hay que bear

Tanto había pedido Víctor que le llevaran a otro local este fin de semana, que no sabía lo que se le venía encima. Acostumbrado a las reuniones de chicos duros pero con responsabilidad afectiva, como eran los puppies, o las fiestas de cuero del Boxer, hoy sábado tocaba Ursus Cave. Un local nuevo para Víctor, que ya con el nombre prometía: con el latinajo ursus y con otra palabra en inglés como cave. No sabía uno si iba a la Cueva de los Osos o a los Osos de las Cavernas. Aunque ¡qué más da!, era un local nuevo.

Nathan: Tía, ya te tengo una sorpresa. Solo te digo el nombre: Ursus Cave.
Víctor: Yujuuuu. Solo con no ver a ningún puppie por una noche, me sobra.

Víctor no había asociado aún el nombre del nuevo local a lo bear, ni sabía que iba a tener una noche temática. Nada más llegar al local la vista se recreaba una orgía de referencias osunas: osos de peluche por todas partes, funkopops bear, osos de metal, y los colores del espacio no eran otros que los de la bandera, con sus amarillos, naranjas, marrones y negros. Era un local grande, bajo tierra -bajabas por una escalera un tanto siniestra. En el pub encontrabas diferentes espacios: una parte con asientos, una pista de baile, una cabina de DJ. Además, había un escenario con gogós bear y proyecciones homoeróticas entre personas peludas. Víctor se sorprendió al no sentirse incómodo, sino más bien bastante relajado e incluso interesado en algún musculoso peludo. Y, si bien había gente de todas las edades, había en el centro un photocall temático de osos polares, los bears más ancianos de pelo blanco.

Nathan señaló, entusiasmado: “Chicas, ¡Hay comida!”. Ferran añadió, con sorna: “Aquí también hay que mantener la línea, pero de otra manera. Para presumir hay que sufrir, ya se sabe”. Todos rieron. Y, tal y como reían, sucumbieron a la tentación de comerse trozos de una de las tortillas de patatas ofrecidas por el local a las dos de la madrugada. Y eso lo hicieron antes de la preceptiva petición de un gin-tonic. Con la copa ya en la mano, descubrieron los hipnóticos movimientos de los michelines y los pechos de los bears bailando al ritmo de la música. Víctor comenzó a encontrarse con personas conocidas mientras pensaba: “No sabía que tú venías por aquí”, y explicaba una y otra vez, a cada nuevo encuentro con un conocido, que estaba allí para variar de ambiente, cansado de ir siempre al mismo local.

Se decidieron a entrar al darkroom a ver qué se cocía. Nada más entrar percibieron una olor con trazas de popper, semen, otros olores corporales, alcohol y un intenso aroma a fritanga.  A la salida del cuarto, comenzaron a tomar sustancias. Ferran había traído unos ácidos y querían probarlos. Los tres hacía mucho tiempo que no los probaban. Mientras hacían efecto, Nathan fue a pedir, mientras Víctor y Ferran se quedaron embelesados con los visuales pornosoft de bears bailando desnudos, penes audiovisuales empinados, destellos de penetraciones aleatorias y corridas explosivas.

Cuando llegó Ferran con las bebidas, comenzaron a ver a lo lejos hombres con cabezas de lobos y perros. Víctor se estresó un poco y se giró para hablar con Nathan: “Te dije nada de puppies”. Pero no eran caretas, ni eran puppies, eran caras de perro y de lobo reales. De repente, el pelo de los bears comenzó a crecer y sus caras se fueron modificando hasta que se vieron como las de osos reales. Y, sin mediar palabra, algunos comenzaron a empuñar escopetas fálicas que disparaban semen como si de una corrida se tratase. ¿Su función? la de ser una especie de Cupido hipersexualizado. Si te disparaban, era porque le gustabas al cazador, y el semen recibido te hacía caer en sus redes. Pero había más.

En otra parte del local, cuerpos a medio camino entre humanos y animales comenzaron a masturbarse encima de sus amantes, sobre los que caía parte del líquido expulsado. Era su manera de fecundar a sus ligues, pero no como un embarazo humano. Del cuerpo de los inseminados brotaba un tronco con ramas que daba, previo momento floral, lo que al principio parecían frutas.

Ferran: “¡Los gays podemos engendrar!”. Lo decía con una emoción elevada, muy influida por el colocón que estaba experimentando. Pero no era eso. El barman se lo explicó: “No os equivoquéis: el fruto de esta fecundación no son niños para formar una familia, sino un chulazo para el fecundado”. Mientras explicaba eso, uno de los bears tenía ya la fruta madura de su fecundación: en poco más de nueve minutos la fruta se había transformado en un twinkazo tan estereotipado que dolía. Rubio, musculoso, sin pelo, 22 años, con poca experiencia pero muchas ganas. Los nuevos humanos eran el resultado de un complejo sistema de ingeniería biológica de los deseos más ocultos de los gestantes para engendrar a tu amante ideal.

Víctor y sus amigos tuvieron claro que no querían ser inseminados, pero no podían dejar de observar aquel espectáculo que dejaba a tan pocos metros un paritorio y un cuarto oscuro. Sí, todos vieron lo mismo. Y aquella noche nadie se fue pronto, cerraron el local.


La era del Ozempic

El viernes anterior a Ursus Cave, Víctor había seguido su inmersión digital en el mundo de Nando a través de su perfil de Instagram. “¿Por qué alguien querría engordar en la era del Ozempic?”, pensaba. “¿Está de moda lo bear otra vez?”. Y le daba vueltas y más vueltas. “Qué raro, alguien que quiere engordar para encajar”.

Necesitaba más información, pero no le conocía, aunque la cara le sonaba, vete tú a saber de qué. Desde la primera vez que lo vio, le quedó en la cabeza. Y volvió a Instagram a ver si lo había reposteado, dado like o guardado para volver a localizar a ese espécimen. Y sí, había guardado su post sin conciencia y en un acto casi reflejo, por suerte. Tenía una curiosidad insana por el bearproject, el nombre del perfil de Instagram de Nando. Un interés claramente proporcional al momento vital de aburrimiento que estaba viviendo. Todo le cansaba, todo le agotaba, tenía homopesimismo y heteropesimismo —porque también sufría hastío por el hastío ajeno—. Además, era muy crítico con lo que él llamaba pick-me gays, aquellos que solo quieren quedar bien delante de los heteros y no tienen la más mínima pizca de orgullo marika.

Una vez re-encontró el perfil se puso a stalkearlo y, chica, en verdad, un aburrimiento. Tenía apenas tres posts sobre el tema. Revisó su perfil de arriba abajo, como quien busca el sentido de la vida, pero en realidad era solo para saber por qué quería engordar. Pocas pistas más había en su perfil aparte de los tres primeros vídeos temáticos con el hashtag #engordamosperonojuzgamos. Eran demasiado obvios. Víctor no buscaba un porqué,  buscaba puro entretenimiento; es decir, algo que fuese lo suficientemente intenso como para ocuparle la cabeza.

La inmensa mayoría de la vida personal en Instagram de Nando eran fiestas con amigos, familia y algunos que parecían amantes, novios, etc. Había incluso alguna opinión política que a Víctor por la que sintió bastante rechazo, pero en ese momento vital le convino más separar al artista de su obra.

Casi sin presencia bear en el perfil de Nando, Víctor pensó: “No entiendo nada”. Y se puso a ver los tres posts relacionados, por cierto muy profesionales a diferencia del resto: con su música motivacional, su texto sobreimpresionado, su titular, su hook, sus márgenes para que las funciones de la aplicación no le tapasen nada… “Estas marikas siempre funcionales al show”, pensó Víctor. “El nombre @bearproject era totalmente acertado”, pensó como si fuese consultor en redes.

En el primer video confesaba: “Soy demasiado flaco y quiero engordar, y voy a subir un video cada día con mi evolución”. “Me gustan los bears y siento que no encajo, y necesito carne”, sigue el reel. El segundo post resultó aún más desconcertante para Víctor. Mientras mostraba su torso, decía: “Por primera vez no siento total vergüenza. Estoy en el camino, he podido engordar dos kilos en una semana”, junto a una foto que comparaba el antes —un mes antes— y el ahora. En el tercer vídeo anunciaba que tenía ya cinco kilos más y recibía decenas de comentarios propositivos: “¿Estás soltero?”, “Qué guapo andas”, “¿Qué haces esta noche?”, “¿Tienes OnlyFans?”. El típico acoso baboso/soft en redes del que puedes quejarte con los amigos para exhibir tu capital sexual, sin hacerlo. En plan challenge de TikTok: “Dime que estás bueno, pero sin decirme que estás bueno”.

El prota se preguntó totalmente desconcertado: “¿Pero qué les pasas a los comentaristas? ¿Distorsión de la realidad? ¿Enajenación mental transitoria? Y los que engordan ¿por qué lo hacen? ¿por escasez de Ozempic? ¿Ahora Fat is beautiful?”. Nuestro protagonista repasó mentalmente diferentes opciones, a cuál más absurda, y seguía sin entender nada. 

Volvió a ver el vídeo inicial: él recordaba que había prometido un post diario sobre el tema, pero… ¿había dicho hora? De repente, el perfil se actualizó y salió un nuevo vídeo. La primera frase del mismo fue un acto de constricción: “He perdido medio kilo, pero -aclara- tengo mucha fuerza de voluntad y quiero seguir engordando y no recaer, lo hago por mi mismo, por verme bien”. Se cerraba el reel anunciando para dentro de un mes la celebración de una Fattening Party, una fiesta para cebarse delante de todos. Un encuentro que contaría con gogós, visuales de pornografía y un buen catering para mantener la línea, en este caso curva. La Fattening Party iba a ser en Ursus Cave.

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